Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Una fina capa de nubes

Me apasiona aprender de mis errores, mientras no llegue el último, del que ya no pueda aprender; por eso los escribo, para no olvidarme. El otro día me hallaba volando desde Albacete, probando un avión al que, por algún motivo, se le caían las revoluciones de una hélice, sin previo aviso, detallito que no mola nada cuando tienes que salir de un barranco de humo y llama… Un par de compañeros se habían llevado ya un buen susto por ello, en los incendios de Portugal.

El día de la prueba, la previsión meteorológica no entrañaba ningún peligro, pero sí teníamos una fina capa de nubes -de poco más de quinientos pies de espesor- que cubría el campo justo a mil pies sobre suelo. Esto dejaba el aeródromo en condiciones instrumentales, por lo que para salir de él -y para luego volver- tendría que hacerlo guiado por control, en IFR -Instrument Flight Rules-.

Tras el despegue, a diez millas de la pista, solicité cancelar el plan de vuelo instrumental y pasar a visual. La capa de nubes desaparecía justo delante de mí, tenía contacto visual con el terreno y estaba llegando a la zona prevista para la realización del vuelo de prueba: al este de la ciudad, fuera de la zona de control, antes de meterme en las restringidas de la Academia.

Efectuamos las comprobaciones de motor pertinentes, las paradas y las puestas en marcha, los ascensos, los virajes y la revisión de los demás equipos sin mayor novedad. Cuando se acercó el momento de volver a base, me pregunté si “colaría” solicitarle a aproximación Albacete la posibilidad de volver por debajo de la capa de nubes. Al fin y al cabo, desde mi posición veía la ciudad y la base, y esos mil pies de techo nos daban más que de sobra para volar con seguridad, acostumbrados como estamos a lidiar con monstruos de humo a doscientos pies del suelo. Pero la controladora, con toda la ley, el derecho y la razón del mundo, hecha como estaba a controlar tráficos instrumentales en una base de cazadores, decidió que aquello no podía ser, que el campo estaba en instrumental y que lo de volar por debajo de una capa de nubes pues como que no...

Skyvector LEAB carta VFR

Resignado y obediente, acepté su “recomendación” de pasar a IFR y comencé a ascender en rumbo al punto inicial de la aproximación ILS. Seguía en contacto visual con el terreno, pues las nubes permanecía estancadas justo en la vertical del campo, pero no más allá de seis o siete millas del mismo. En ese momento, la controladora -amable e intentando acortar nuestra maniobra en lo posible- me preguntó si seguía teniendo el manchego suelo a la vista, a lo que contesté afirmativamente. Tan solo un minuto después, comenzamos a sobrevolar la capa de nubes, y aquí fue cuando cometí el error: no se lo dije a control.

Mientras sacaba la ficha del ILS a la 27 para preparar la maniobra de aproximación, ya con el chip cambiado del vuelo visual al instrumental, la controladora me dio un nuevo rumbo, prácticamente perpendicular a la prolongación de la pista. Yo ya no veía el suelo -solo una preciosa capa de nubes blancas bajo mis alas- y aquel cambio me sorprendió un poco. Aun así, considerándome como era un tráfico controlado IFR, seguí las instrucciones, confiando en su criterio. En ningún momento caí en que la controladora seguía pensando que yo continuaba en contacto visual con el terreno...

Entonces, sin previo aviso, aquella suave voz al otro lado de la radio comunicó «ya puede descender y virar izquierda, 290 grados, autorizado aterrizar pista 27». Poco menos que de manera automática, obedecí, viré y comencé a descender, y justo en ese momento me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: ¡yo no veía el suelo, pero ella pensaba que sí lo hacia! Me había recortado la maniobra casi diez millas y me había dejado a poco más de dos de la cabecera de la pista 27, y ¡esperaba que yo aterrizase de una pieza!

Ridículamente incapaz de pensar en otra alternativa, seguí virando y seguí bajando al tiempo que ordenaba a mi tripulación: «Dejadlo todo y mirad fuera, vamos a entrar en nubes. Buscad el suelo por el lateral y dadme en contacto. Saldremos por debajo de los mil pies, y casi sobre la pista». Sabía dónde estaba, sabía perfectamente que no me iba a matar, que no iba a poner en peligro a nadie, que no iba a dañar mi avión, pero también era consciente de que aquello era una maldita guarrada aeronáutica, ¡y una muy, muy grande!

Menuda cagada, ¡que gran error! Y sin embargo fui totalmente incapaz de detener aquella deriva que irremediablemente me llevaba a una zona en la que yo ya no tenía control total y absoluto de la situación. Me sorprendió tantísimo que no pude pensar en otra opción más allá de obedecer la orden de control y seguir volando mi aeronave con seguridad. Increíble y ridículo, a partes iguales.

Diez eternos segundos después, tras salir de la grisácea capa de humedad condensada en la que había metido a mi pobre tripulación, volví a ver el suelo. La cabecera de la pista estaba justo delante de mí, y apenas tuve tiempo de terminar de configurar el anfibio para el aterrizaje. Increíble, de nuevo. ¿Cómo demonios había dejado que todo esto sucediese? No me lo podía creer. Me sentía profundamente avergonzado.

Con el avión detenido en la plataforma, cabizbajo, volví a pedir mil disculpas a mi tripulación por haberles metido en aquella fiesta, gratuitamente. Supongo que, debido a lo que estamos acostumbrados a ver, vivir y sufrir en los incendios, todo esto a mi segundo y a mi mecánico no les pareció tan mal, y me dijeron una y otra vez que no pasaba nada, que, total, habíamos aterrizado sin problema alguno… Que grandes; y es que así son en el escuadrón: de otra pasta, a base de ceniza, supongo. Me sentía fatal, y me autocastigué por ello muchísimo más de lo que cualquier otro hubiera hecho conmigo, durante muchos días.

Reconozco que lo primero que pensé al bajar del Botijo fue en llamar a la torre y pedir hablar con la controladora; en escurrir el bulto, y contarle que me había dado vectores hasta dejarme en un posición realmente crítica antes de autorizarme a aterrizar, pero entonces caí en que la culpa, realmente, era totalmente mía, y de nadie más. Ella solo había querido ayudar. Yo había perdido el contacto con el terreno, y no se lo había dicho. No me volverá a ocurrir. Jamás.

27 agosto 2018

Entra en el blog...

2018 copyleft desliza.es

Desarrollo y diseño web por desliza.es

Creative

HTML5

CSS

RSS