Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Caidos

Parche del Ala 14 pintado en uno de sus aviones

Esta mañana han caído dos Mirage F-1 del Ala 14. Tres pilotos han perdido la vida. En memoria.

Capitán Fernando Negrete Usón, piloto de la 52 promoción de la Academia General del Aire. Estaba casado y con dos hijos. Tenía 33 años y era natural de Zaragoza. Se trataba de un más que experimentado piloto de F-1 con más de 1.000 horas de vuelo en el modelo.

Capitán Jerónimo José Carbonell Rodríguez, piloto de la 56 promoción de la Academia General del Aire. Estaba casado, tenía 29 años y era natural de Murcia. Llevaba cuatro años destinado en la base de Los Llanos y acumulaba más de 500 horas de vuelo en el Mirage F-1.

Teniente Roberto Carlos Álvarez Cubillas, piloto de la 59 promoción de la Academia General del Aire y alumno del curso de pilotos de Mirage F-1. Estaba soltero, tenía 29 años y era natural de León.

20 enero 2009

Despegando

Un B415 despegando tras realizar un 360 sobre la superficie del pantano de Buendía

El viernes pasado volví a volar. El tiempo esta primera quincena de enero no ha sido excesivamente propicio para nosotros. Días enteros sin subir de los cero grados, nevadas, heladas, vamos, unos días preciosos, pero no para volar, y menos para meter una avión de veinte toneladas en el agua.

Total, que el viernes despegamos con la temperatura rozando los dos grados. Como siempre la temperatura en los pantanos es inferior a la del campo, decidí quedarnos en el circuito de trafico haciendo unas tomas y despegues. Cuando vi que empezábamos a molestar al resto de aviones en su trafico habitual, y al ver que la temperatura había subido algo, pusimos rumbo al este, hacia los embalses de Buendía y Entrepeñas. Me sorprendió ver que todavía aguantaba la nieve caída la semana pasada. Hasta donde alcanzaba la vista todo seguía cubierto por un manto blanco, que hacia parecer que estuviésemos volando sobre las estepas rusas, en el cuarenta y uno, como aquella vez.

Al llegar al primer embalse, el de Buendía, lo sobrevolamos a escasos metros de la superficie. Un grado. A veces cero. Ni de coña nos vamos a meter aquí. Por aquello de probar suerte, pusimos rumbo norte hasta Entrepeñas y, sorprendentemente, allí la temperatura a ras del agua era de cuatro grados. Así que allí nos quedamos. Dani venía detrás con el treinta y dos, uno de los nuevos 415, y al final la hora y pico que allí estuvimos dio para mucho.

Ya tenía ganas. Hacia más de tres semanas que no volaba.

18 enero 2009

Colisión

Un mecánico ayuda a cerrar la cúpula de un Bf-109E ya con el motor en marcha

Tras librarme del Hurricane levanté la cabeza y vi dos contactos que venían hacia mi, uno detrás de otro. Estaban más altos que yo, a mis once. Metí motor y me dirigí hacia ellos, dejándolos ligeramente a la izquierda. Tras cruzarme con el primero, un Spitfire, tire de la palanca hacia atrás para ceñir el viraje en ascenso y perseguirle. Sabía que su punto venía detrás, pero también sabía que mi maniobra no me iba a colocar entre ellos. Yo iba demasiado lento, y ellos demasiado rápido. Esperaba de un momento a otro oír al segundo aparato enemigo sobrepasarme, cuando el muy incauto colisiono conmigo. Mi ala izquierda quedo seccionada por la mitad. Mi avión quedo ingobernable y me vi obligado a saltar. Maldito ingles. Maldito novato. Mi paracaídas se abrió bien y el agua del Canal estaba fría. Maldita sea.

14 enero 2009

Nieva

Hoy he salido de casa por la mañana y estaba todo nevado. ¡Mosquis! ¿Esto estaba previsto? Y ha seguido nevando. De hecho ahora pasan de las cinco y sigue nevando. No es algo inaudito, pero digamos que es poco común por estos lares, así que he aprovechado para sacar unas fotografiás de recuerdo. La ultima nevada fue... ¡el veintitrés de febrero de dos mil cinco! Vaya, no pensaba que hubiese pasado tanto tiempo, y no es que lo recuerde, es que también tengo alguna foto de aquel día. Aquí dejo algunas del día de hoy. Buen fin de semana.

9 enero 2009

Francesitas

Los primeros días fueron para ponerse un parche en el ojo y sacar la bandera pirata. Una calma chicha casi impropia del invierno. Ni viento, ni olas. Aprovechamos los días para remar tranquilamente con la tabla de windsurf y para iniciar a mi hermana pequeña en el sutil arte de coger olas. La verdad es que con esta 7'2'' te puedes poner de pie con una ola de treinta centímetros. Lo dicho, a pesar de la calma, no perdimos la oportunidad de estar en el agua. Tener la bahía para ti solo sigue siendo un lujo difícil de rechazar.

El día de Navidad, contra todo pronostico, soplo viento del sur. Suave y constante, perfecto para sacar a pasear la 6.5 y quitarse el mono de windsurf, pues desde la incursión en el delta del Ebro, no he vuelto a navegar. Lo malo, entre comillas, era que se trataba del día de Navidad, y entre la cena del día anterior, la ligera trasnochada, el haberme despertado a las once, y la inminente comida familiar, no pude salir.

La previsión para el día siguiente era de olas. Para el día siguiente y los sucesivos. Un borrasca perfectamente situada en el Mediterráneo iba a fastidiar a todo aquel que pretendiese aventurarse con un barco en sus aguas, pero iba a hacer las delicias de los surfistas del levante español. Las olas vendrían limpias y ordenadas desde el sur de Francia. Y así fue el día veintiséis. Olas de más de un metro entraban en la bahía. Mi hermana también bajo ese día, pero la verdad es que la cosa estaba un poco complicada. Ademas estaba muy nublado y el día gris producía una desagradable sensación de frió, aunque la temperatura del agua fuese la misma que el día anterior. Al final me quede yo solo, como ya viene siendo costumbre. Fue una muy buena sesión. Mi octavo día de surf.

Previsión de olas para el 27 de diciembre de 2008

El día siguiente fue espectacular. Jamas había visto la bahía como aquel día, o al menos, no lo recordaba. Las esperadas francesitas resultaron ser unas francesas caóticas y desordenadas. La bahía estaba destrozada. Solo se veía agua blanca y espuma y la playa había prácticamente desaparecido en la parte sur de la misma. Olas de más de dos y tres metros rompían en mar abierto, trescientos y cuatrocientos metros fuera de la playa. Algo inaudito en estos lares. Haberse metido ahí hubiera sido un suicidio, por lo menos en mi caso. De hecho, nadie entró.

Obviamente esto iba a durar varios días, así que tampoco me preocupe demasiado, confiado en que mañana el mar estaría más asequible, y así fue. Las olas francesas seguían entrando, y aunque muy grandes y desordenadas, eran ya manejables. Bajé a la playa sobre las diez y me quedé un buen rato observando el panorama. La playa seguía destrozada. El mar se había comido fácilmente diez metros de arena. Las olas rompían con fuerza y había mucha espuma. Sin duda la corriente iba a ser fuerte. Menos mal que ya me la conozco.

Absorto yo en mis meditaciones veo que llega un chaval con su tabla bajo el brazo. Nos ponemos a hablar y decidimos entrar juntos. El llevaba una tabla corta y llego un momento en el comenzó a pasar por debajo de las olas haciendo el pato, cosa que yo no puedo hacer con mi tabla, así que el consiguió entrar mientras yo no hacia más que remar como un condenado y recibir bofetadas de agua, una tras otra. Imposible. Pasados unos minutos sin haber superado el punto de rompiente y cansado de los revolcones, cojo mi tabla y vuelvo a la arena. Cagüentó...

Ahí tengo que entrar como sea. Vuelvo a observar el estado de la bahía y encuentro una estrecha franja más al norte, donde las olas solo rompen cerca de la orilla. Bueno, cerca es un decir, pero esta bastante mejor que por donde he intentado entrar antes. Con la tabla debajo del brazo me dirijo hasta allí y comienzo a entrar. Tras un par de revolcones consigo pasar la rompiente. Joder ya era hora. En total he tardado más de cuarenta minutos en conseguirlo. Sigo remando y entro un poco mas. No quiero que una ola más grande de lo habitual me rompa a estas alturas en la cabeza. Alguna casi lo hace. Con mi limitada experiencia, he de decir que casi me daba miedo. Porque se que en la bahía tarde o temprano el mar me va a devolver a la orilla, que sino...

Dejo que pasen unos minutos. Cinco, diez... Me quedo flotando sobre mi tabla, disfrutando del espectáculo. Joder, hoy si que son verdaderas montañas de agua. Y el día es gris. Poco a poco recupero la calma habitual y empiezo a sentirme cómodo. Es hora de poner rumbo al sur. Comienzo a remar hacia la zona a la que quería llegar en un principio. Mi nuevo compañero surfista ahí sigue, flotando. Sigo observando las olas. De nuevo no quiero acercarme ni un metro más de lo necesario a la playa. No quiero que una ola descarriada me rompa encima y me obligue a salir del agua, pues se que si un revolcón me saca unos metros de mas, no voy a ser capaz de entrar desde esa posición, y me va a tocar volver a la arena y repetir de nuevo la maniobra de entrada en el agua.

En una de mis continuas ojeadas a la playa para mantener la posición, veo que empiezan a llegar varios surfistas mas. Ocho en total. Joder, vaya cambio... Y es que el día merece la pena. Los seis primeros comienzan a entrar por la zona sur, por la que yo no conseguí entrar. Les veo sufrir. No es fácil para ellos tampoco. De repente una ola que a mi me parece perfecta viene directa hacia mi. Ha pasado más de una hora desde que bajé a la playa y ya es hora de coger una ola. Comienzo a remar como un desgraciado y siento que la ola me coge y me levanta. Veo la pared de agua delante de mi. Es el momento. Me pongo de pie y literalmente me tiro pendiente a bajo instantes antes de que la ola comience a romper. En mi descenso veo como dos de los surfistas que estaban remando mar a dentro me observan momentos antes de sumergirse para evitar la ola. En trayecto hacia la playa veo a los otros cuatro pelear contra las olas y la corriente. La ola sigue, y yo sigo encima prácticamente hasta la arena. Por supuesto, pasados cinco, diez segundos a lo sumo, estoy surfeando una espuma gigante, pero da igual, a mi me gusta. Me gusta la sensación de una ola y hasta que se hunda la tabla. Ademas, como he dicho antes, ¿que sentido tiene para mi dejar la ola en cuanto se convierta en espuma, si desde ese punto no puedo volver a pasar el punto de rompiente?

Salgo a la arena, cojo la tabla y vuelvo a andar unos cientos de metros hacia el norte. De nuevo a dentro. La franja con menos olas sigue ahí, así que consigo pasar el punto de rompiente, ahora si, con facilidad. Comienzo a remar hacia el sur y para sorpresa de varios de los surfistas, llego al punto de espera antes de que los cuatro con los que antes me crucé lo hagan. Me pareció ver en sus caras un ¿pero este no iba hacia fuera hace un momento?. Los otros dos surfistas que aun faltaban por entrar en el agua, lo hacen siguiendo mi trayectoria. Sera que no lo hago tan mal, me digo para mis adentros. Desde luego yo de otra manera no podría haber entrado.

Acostumbrado a estar solo, estar con diez tíos en el agua se me hace extraño. Por supuesto todos buscamos la posición correcta, cosa que no es fácil, pues como ya he dicho las olas no eran limpias ni ordenadas. Una vez venían por aquí, otra por allí, luego más adentro... Algo caótico, sobre todo si todo el mundo esta cambiando de posición constantemente. Muchas olas intentamos pillar infructuosamente. Muchas veces nos cruzamos uno remontando la ola mar adentro, por estar demasiado fuera, y otro remando como un descosido a punto de descender la pendiente. Caras de sorpresa. Caras de -menos mal que no te has tirado chaval-.

Conseguí pillar otra ola. Gigante, enorme, monstruosa para mis estándares. Divertida. Hasta la orilla de nuevo. Esta vez paré un rato para comer algo y descansar. Hacia frío. Me quedé observando a los ocho tíos que estaban en el agua. Sin duda sabían más que yo. Con sus tablas cortas cuando cogían una ola la surfeaban durante unos segundos hasta que rompía del todo, momento en el que salían de ella por la cresta y volvían a remar mar adentro. Sigo pensando que este mar no da juego para esas tablas. O por lo menos a mi no me gusta ese surf. Yo quiero pillar una ola y que me saque hasta la playa.

De nuevo a dentro. Camino hacia mi punto de entrada y lo observo. Juraría que esto ha cambiado en los últimos ¿diez minutos? Comienzo a entrar cuando veo que una serie de olas amenaza seriamente mi integridad física. Joder, definitivamente esto no estaba aquí antes. Fuerzo un poco la maquina y ¡babuuum! una ola me da un revolcón con todas las letras. Me apresuro a coger la tabla, venga hay que remar, hay que pasar esto cuanto antes, vamos ¡babuuum! y otra vez... y otra... y otra... Tras varios minutos salgo del agua frustrado. Joder, ya ni por aquí puedo entrar. Vuelvo a sentarme en la arena un rato, observando de nuevo el agua. Parece, parece que una franja, todavía más estrecha que la anterior, me permitiría entrar, todavía más al norte. Vamos allá.

Esta vez si, consigo pasar la zona de espuma y me sitúo más allá del punto de rompiente. Esta vez vuelvo a necesitar un descanso, así que antes de remar hacia el sur me quedo un rato flotando. De un momento a otro, literalmente, dejo de ver al resto de los surfistas. Coño, pero si estaban ahí... Será que por las ondulaciones del mar no les veo. Comienzo a remar y sigo sin verles. Pasan unos minutos y empiezo a darme cuenta de que llevo un rato remando, ¡pero no me muevo! ¡Cagüentó! Esto si que acojona. A ver, espera, fijate bien... Efectivamente, remo y no me muevo. Joder. Calma. Siéntate, observa el mar, que solo podrás salir por donde el quiera que salgas. En breve me doy cuenta de hacia donde tengo que remar. Esta puñetera bahía y sus corrientes. Tengo que pasar una linea, se ve perfectamente, una linea y el mar comenzara a empujarme hacia fuera. Pero el susto, te lo llevas.

Esta vez ni ola, ni nada. Salgo remando, empujado por las espumas. Ya es suficiente por hoy. Llevo en el agua casi tres horas, he cogido dos olas y esta lloviendo a cantaros... Me encanta.

2 enero 2009

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