Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

El carrusel circense

En esta ocasión, tras cargar agua de camino al incendio, mi primero decidió atacar el flanco derecho, viento en cola y ladera abajo. Después de la descarga, cuando los otros dos Botijos que nos seguían en carrusel nos alcanzaron, Manuel decidió evaluar la posibilidad de cargar en el mar, al norte del objetivo, pues se trataba sin duda del punto de agua más cercano al enemigo. El viento soplaba con fuerza, la mar estaba revuelta y las montañas de la costa generaban una intensa turbulencia a sotavento. Y eso era lo más preocupante: tras despegar del agua a peso máximo, tener que virar a derechas para trepar hasta la zona de lanzamiento, a baja velocidad, y sometidos a los zarandeos de la turbulencia orográfica, no parecía agradable, por decir algo... A pesar de ello, después de reconocer la zona de carga y comprobar que el esperado sotavento no era tan terrible, mi primero viró mar adentro, viento en cola, para establecer la formación de tres anfibios en una cómoda senda final para la carga. Por lo menos que la primera sea fácil para todos; después, que cada uno se busque un hueco para amerizar, como de costumbre.

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Un minuto más tarde, con cuatro mil quinientos kilos de agua en la panza, viramos a la derecha, en ascenso, y solicitamos zona libre al coordinador para realizar la pasada. En el último momento, un helicóptero tardó más de lo esperado en abandonar el objetivo, tan solo unos segundos, pero lo suficiente para que el ataque del primer Foca -el nuestro- no fuese seguro. En lugar de cancelar la pasada, Manuel viró a la derecha, manteniendo altura, y ordenó al punto dos -al segundo Botijo de la formación- que prosiguiese con la maniobra. Este volaba lo suficientemente alejado como para dar tiempo al helicóptero a salir de allí; así evitábamos retrasar aún más la pasada de los tres Focas, y con ella la de los demás medios aéreos. Manuel odia perder el tiempo en el aire, y hacérselo perder a los demás. Y es mejor llevarlo contento en cabina, créame usted.

Terminamos el viraje de trescientos sesenta grados en el momento perfecto: el tercer hidro pasaba entonces frente a nosotros, y se tiraba en ese instante, directo al objetivo. Segundos después, mi capitán hacía lo mismo, y descendía de nuevo contra la cola del flanco derecho. La maniobra circense había salido a la perfección, coordinada e improvisada a partes iguales, a base de años de experiencia. Y volvimos al mar. Esta vez me tocaba cargar a mí. Nos quedaban por delante varias horas de incendio y decenas de amerizajes, pero eso todavía no lo sabíamos. Suerte que Neptuno nos lo puso fácil...

Por M.B.dG.

25 septiembre 2018

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