Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Un ciervo asustado

El incendio estaba prácticamente extinguido. Tan solo algunos focos secundarios se resistían aún, parapetados tras una de las murallas rocosas que caían de las nevadas cumbres de El Calvitero, como contumaces enemigos en su trinchera. Justo allí, una banda rosácea de erica australis sucumbía al calor de las llamas, clamando al viento por nuestro pronto regreso.

«No va a resultar fácil rematar esa zona», me hizo notar el teniente Lozano, mi segundo. «Eso ya lo veremos», le respondí yo, en lucha contra mi propia incertidumbre. A nuestra espalda, la fina lluvia de la última descarga terminaba de caer, aliviando con ello la abnegada labor de los equipos de tierra. «¡Buen tiro, Foca!», escuchamos por radio. Había que perder cinco mil pies en apenas quince millas, de modo que, sin mediar palabra, pusimos rumbo al embalse de Plasencia e iniciamos un pronunciado descenso. Otra vez. Por mucho que nuestros maltratados tímpanos protestasen, debían sufrir por enésima vez el brusco cambio de presión producido por semejante picado.

Fue entonces cuando el sargento primero Tamudo, nuestro mecánico, reparó en que al otro lado del valle surgía una incipiente columna de humo. Podía ser una quema de rastrojos, pero después de una semana de incendios provocados por la zona, bien merecía la pena acercarse a echar un vistazo. Y lo mejor sería acudir bien armados, con doce mil libras de agua dulce, listas para salir de su encierro de un certero botonazo. En poco más de cuatro minutos, e ignorando el mandato de la naturaleza, el agua subía valle arriba, camino de nuestro flamante enemigo, gracias al empuje de los cinco mil caballos de potencia del Canadair.

Poco antes de llegar, nos dimos cuenta de que aquello no era normal. El nuevo foco estaba en medio del monte, en una zona muy aislada, sin fincas a su alrededor. No solo eso. Unos seiscientos metros más al norte, una segunda columna de humo apareció de la nada ante nuestros atónitos semblantes. Sin pensarlo demasiado, lanzamos la mitad de la carga en el primer foco, con la esperanza de parar su avance a tiempo. Viramos entonces hacia el segundo, cuando, de repente, me pareció ver un ciervo huyendo del lugar a toda carrera, monte abajo. «No es un ciervo, es un paisano con traje de caza», me hizo notar Lozano. No muy lejos, una furgoneta blanca le esperaba medio escondida junto a una maltrecha pista forestal. Había que decidirse, ir a por el segundo foco, o intentar identificar el vehículo. Estábamos casi encima del objetivo, de modo que lanzamos el agua restante y, con el avión ligero de peso, viramos bruscamente a la izquierda para iniciar la persecución. «¡Tamudo, mantenme flap 10!», ordené, al pasar de los sesenta grados de alabeo.

Localizamos la furgoneta en seguida, gracias al polvo que levantaba en su huída a través del bosque extremeño. Estaba claro que nos había visto, ni Carlos Sainz en su mejor época hubiese hecho semejantes tiempos. Iba a “fume de caroza” que dirían los gallegos. «¿Estamos persiguiendo una furgoneta con un avión?», preguntó nuestro mecánico. «Eso parece», le respondí yo con una explosiva carcajada, fruto de la adrenalina del momento. Así, entre virajes cerrados y pasadas rasantes por encima de los pinos, estuvimos varios intensos minutos. Lo malo era que, por mucho que acelerase el vehículo, siempre acabábamos cortando su trayectoria con la quilla y, justo entonces, dejábamos de verle hasta completar el siguiente viraje. Cuando alcanzó una zona asfaltada, no levantó más polvo. Fue entonces cuando le perdimos de vista. Como diría Miguel Delibes, «se disolvió, como se disuelve, sin dejar rastro, el eco en las montañas».

De vuelta al incendio, informamos al director de extinción de lo ocurrido. «Era una Peugeot Partner, no hemos podido ver la matrícula». Poco después, un todoterreno de la Guardia Civil se dirigía al lugar. Nunca supimos cómo acabó aquella aventura, pero sí puedo decir que no hubo más incendios en el valle del Jerte ese verano. Quizá la benemérita pudo localizar el vehículo, lo ignoro; aunque también puede ser que el paisano se dedique desde entonces a vigilar por la ventana atemorizado, no sea que otro Canadair ande al acecho.

Aquella vez nos quedamos con la duda. Nuestra atención debía centrarse en resolver otro rompecabezas, uno de los de jugarse el pellejo: cómo atacar los focos secundarios que resistían aún, parapetados en su trinchera, tras una de las murallas rocosas que caían de las nevadas cumbres de El Calvitero.

21 junio 2018

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